Un lunes cualquiera



He causes things to look different so it would appear time has passed… And did it ever pass? Was there once a real time, and for that matter a real world, and now there is counterfeit time and a counterfeit worl

From Valis, Philip K. Dick, 1981



Cuando Marga se despertó de la siesta, su mundo había cambiado. No en sentido figurativo, a ver si me entendéis. Ella seguía percibiendo el mundo en 3 dimensiones por cada uno de sus poros latinos, pero, sencillamente se le apagó el gas. La mayoría de los días laborables se acostaba vestida. Con su uniforme gris asfalto que odiaba y su chalequito fluorescente. Cuando se recostaba, la plaquita metálica que llevaba su nombre se le abrazaba al pecho furtivamente. Pasados 30 minutos, su propia baba ejercía de alarma personal, y con ese sobresalto diario se ponía en pie.

Tardaba entre 10 y 15 segundos en calzarse, mientras se limpiaba la saliva de la cara con el reverso del jersey gris asfalto que odiaba. Suspiró, más de la cuenta, cogió su radio, y salió por la puerta.

Entiendes que es uno de esos días clave, cuando prestas más atención de lo normal a las cosas. Todo le parecía excitante y extraño a la vez, aunque todo se presentaba de la misma manera. Jesus, el portero, seguía cobijando la porteria. El gato roñoso de sus vecinos Dominicanos, se había vuelto a cagar en las jardineras de la entradilla. El 656 pasó exactamente a la misma hora y con la misma pereza por la calle adyacente. Y el parabrisas izquierdo de su Clio, seguía roto.

Ella te podrá decir el momento exacto en que lo decidió. Fue, en aquella calle cortada, al dar la vuelta al coche. Siempre, y digo SIEMPRE, lo giraba de derecha a izquierda. Aquel día no. Aquel día alguna deidad cumbiera la impulsó sin miramientos para actuar de manera subversiva. Y ahí, lo vió claro. Tuvo una revelación, como quien dice.
Dejó el coche en el parking de empleados. Todos los empleados dejaban el coche en el parking de empleados. Se bajó, y caminó hacía esa puerta torpona que se abría y cerraba con un mecanismo obsoleto, que a veces, ni la detectaba. Pero ya le había pasado antes. Jose Luís tampoco la detectaba. Ni Yolanda, ni Maria Luisa. ¿Cuándo y cómo empiezas a ser invisible para los demás?, ¿acaso su apatía por la vida la había convertido en un ser sin pigmentación, en un ente gris, como ese uniforme que tanto odiaba?. Tal cual lo pensaba, ocurrió. Como os lo cuento; Marga se tornó gris. Gris Londres, gris mugriento, gris carbón. No no no, gris ceniza después de la barbacoa grasienta de su cuñado Wilson. Con panceta del Día. De SU DÍA.

Así cruzó la linea de caja. Gris tormenta. Yolanda, que tenía callos en las manos del tamaño de la isla de Madagascar de tanto zambullirse encima de la máquina registradora, se percató;
"Marga cariño, ¿dónde vas tan gris?". - le reprochó.
"Marga! Te toca charcutería. Corre, espabila. Oye pero estás muy gris! ¿Estás bien?" - acompañó Jose Luís desde el pasillo 29.
Entonces se produjo un silencio, y acto seguido el estallido. Miles de partículas de polvo vibrando a través de la luz del atardecer que decoraba el supermercado. Partículas de Marga flotando sobre los chicles de menta del estante principal. Motas de ira, sudor, decepción. Molestia.

Jose Luis y Yolanda se miraron.
-"Yolanda, limpia todo esto".