Consuelo


Un cuento sobre un naranjo Valenciano.



A su naranjo, lo llamó Consuelo. Consuelo no significa lo mismo que perdón. Consuelo significa derrota. Consuelo llegó para iluminarlo todo. Ella le bañaba con gracia, dos veces por semana, con agua templad

a, a su gusto (como decía en su etiqueta de plástico reciclado), y amasaba la tierra con sus propias manos mulliendo su pequeño oásis, para que estuviera cómoda.

Consuelo le habló de su calvario. De esos campos de concentración tan humillantes, llamados viveros. Como venía del sur, tenía un acento coqueto, algo despreocupado, pero pintón. Pocas veces hizo alusión a sus padres pero el dolor del abandono y la injusticia tamizaba sus conversaciones.

"¿Sabes lo que más me gusta de ti? Que eres de otra especie". Le decía ella. Sin embargo, pese a que la sangre y la salvia nada tienen de hermandad más que el espíritu de la vida, se enamoraron perdidamente.

Una m

añana de primavera, ella bajó a por churros para Consuelo. Cruzó la calle Almendralejo hacia el puesto de Herminio, y compró 5 porras y 4 churros. ¡Cómo de impredecible es Marzo, que siempre refresca cuando crees que ya ha llegado el calor!. De ahí que sea el mes de los Piscianos, inalcanzables - pensó. Evitó el ascensor y cogió las escaleras, por aquello de las grasas que estaba apuntito de ingerir... ¡Chica, una tiene sus truquitos!.

Abrió

la puerta, y gritó "¡Consuelo!". Pero rápidamente esa sonrisa se transformó en sorpresa. Consuelo tenía tez. Una tez verde prado, preciosa... Su pelo, anaranjado como la más sabrosa fruta de Valencia. Sus manos, eran las de un hombre curtido, pero sus pies parecían frágiles y delicados, como los de un Príncipe. Consuelo tenía una actitud de parecer esperar algo... No se sorprendió al verla entrar.

- Te esperaba. - dijo Consuelo
- Pero... ¡Cómo ha podido ocurrir esto...! Estoy soñando? - Ella se tocó levemente la oreja. - no lo sé - Respondió.
- Tienes hambre? ¿Comes? - le preguntó ella, algo intrigada.
- Si, ah

ora tengo boca y dientes, como tu.- contestó Consuelo.

Ella pensó que por fin Dios había escuchado su llanto. Le llevaba pidiendo cosas desde chiquitita, pero dejó de tener fe desde que no consiguió ganar aquel concurso de la vaca de peluche de chocolates Milka. Su madre escribió varias cartas, ya que Dios no interfería. Nunca obtuvo respuesta. Aquello destrozó su fe. Por eso, que Consuelo se transformara en un auténtico maromo con pies de mujer era un sueño hecho realidad.

Ambos se sentaron en la mesa, ella sirvió el chocol

ate. Parecía un auténtico noviazgo de

verano... P

ero era Marzo.
La luz era cálida, el mantel, el adecuado. Las tacitas colocadas respetuosamente frente a ellos. Consuelo cogió un churro. "Vaya, creí que empezaría por las porras..." - pensó ella. Algo se empezó a torcer. ¿Porqué escogería la masa ligera antes que el mazacote?. Todo el mundo sabe que se empieza por las porra

s, para bañ

arlas bien hasta arriba en el espesor del chocolate hasta el fondo. Cuando quiera ir a mojar la porra, no le va a quedar... Pensó. Y todo habrá salido inequivocamente mal".

- Que tal el día - le preguntó Consuelo mientras escurría el churro en la taza. - Pues acaba de empezar... - le contestó ella.

¿Qué clase de conversación banal era aquella?. Ella había imag

inado que le preguntaría por sus sueños. Qué tal has dormido, has descansado bien, qué tienes pensado hacer a lo largo del día... Pero no, se limitó a engullir impertinentemente aquel churro, haciendo movimientos exagerados con aquella boca verde. Consuelo no parecía tener modales.

El silencio terminó el desayuno. No parecía haber aproximación posible a esas alturas... Ella, visiblemente decepcionada, recogió la mesa. Consuelo no hizo amago ninguno de levantarse, lo cuál parecía el colmo. Nunca pensó que aquel precioso naranjo, que le había dado tanto durante todas esas semanas, se convirtiera en un mamón andaluz despreocupado y verde.

Mientras fregaba las tazas, se acercó por detrás y la hirió con su tez punteaguda de prado mal sesgado... Con humillante descaro, le subió la falda de Zara y apretó su polla contra su culo. Deseó que la penetrara, como los niños desean el fin de curso. El agua del fregadero se desbordó. De pronto todo encajaba.

Cuando terminaron, ella pensó que quizá, Consuelo fuera mucho más que un gilipollas, y él pensó que ójala mañana deasayunaran tostadas con mermelada.